Harpo
PARTE 1: Roles sociales e identidad.
La paradoja de Juan o el fraude de la costura:
Juan es un chico de 15 años que estudia 4º de la ESO, por casualidades de la vida, su abuela Marta le ha enseñado a coser tanto a mano, como a máquina.
Sabe coserse los bajos del pantalón, ponerse un botón sin que le vaya a durar sólo una tarde e incluso si sigue con esta proyección en pocos meses sabrá hacerse camisetas nuevas con cuatro telas que encuentre en la calle.
El año que viene elige definitivamente su rama de estudio y es posible que coja letras para hacer en el futuro sociología.
En su clase nadie sabe que él es tan bueno cosiendo. Pero por eso que se llama meteduras de pata de la familia, unos cuantos niños y niñas acaban sabiéndolo. Llegó entonces eso que alguno denominamos escarnio público.
El pobrecito no sabía donde meterse los primeros días. Desde la panda de malotes, a sus amigos y amigas, de una u otra forma, se reían de su afición. Uno de esos días llegó a casa y pensó en no volver a coser nunca más.
Pero como todo tiene su fin, sus compañeros y compañeras fueron olvidando poco a poco su afición. Juan a partir de entonces prefirió ocultar su capacidad porque pensaba que nada bueno le iba a aportar. Aunque en algunas tardes libres seguía cosiendo con su abuela.
A parte de coser Juan era un tipo inteligente, con una pequeña chispa de humor que le servía para integrarse con facilidad en grupos dispares.
Llegaron los años de universidad y pronto se integró en una asamblea en su facultad y se hizo un grupo amplio de colegas. La verdad es que no le fue mal.
Pero esto es lo de menos, porque Juan también podría haber sido un chaval que por injusticias de la vida, hubiera acabado acomplejado o excluido socialmente. Lo importante de esta historia, transcurre ya unos años más tarde.
Juan con 23 años, una vez licenciado en Sociología, volvió a tener una conversación sobre la costura con una amiga suya en un café, mientras caía el atardecer.
Cuando anochecía llegó a casa, se sentó y pensó que debía ser una paranoia suya el tener la sensación de no haber hablado de la costura en tanto tiempo. Pero por más que se esforzaba no recordaba ninguna situación.
Se esforzó y se dijo seguro que en alguna reunión de un colectivo, o tomando una cerveza ha tenido que salir el tema…
Pero no, nunca había hablado de su afición a la costura en 8 años, a parte de con su abuela, fallecida ya hace 4 años.
Luego se fue a dormir y por la mañana mientras calentaba café en casa me lo comentó como una pequeña anécdota.
Y entonces debí poner una cara; de que me estás contando y dejó de hablar del tema.
Al tiempo y habiendo ya dejado de compartir piso, porque Juan se había marchado a vivir a Barcelona, le llamé por teléfono y le dije:
Oye Juan un día tengo que escribir sobre lo tuyo y la costura. Lo llamaré algo así como la paradoja y el fraude de la costura en la sociedad occidental postmoderna.
Te has levantado gracioso- dijo mientras se reía.
¿A qué es un nombre rimbombante para un libro en cuyas páginas sólo se habla del aíre?- le dije
Luego comenzamos a hablar de cosas mas serías. Es de decir de nuestra vida…
-----------------------------
Y hete aquí que llegó el día en que se hizo realidad y aquí me encuentro frente al ordenador:
Vamos a partir poco a poco y desde lo concreto para explicar la paradoja de Juan.
Durante estos años Juan ha sido un experto costurero amateur. Su experiencia con el mundo exterior, respecto a la costura, ha estado marcado en tres ámbitos:
El familiar donde su abuela le enseñaba y pasaba un rato junto a él.
Una pequeña experiencia traumática y concreta en el colegio donde le llamaron nenaza y se rieron de él.
Un ámbito externo a su casa, donde ni Peter sabía que era y es un experto costurero.
En este caso me interesa especialmente preguntarme por el punto 3. Nadie sabe que Juan sabe coser porque él mismo no se lo ha comentado a nadie, posiblemente porque la mala experiencia le hizo andar con cuidado.
Él era joven y las relaciones cambian, pensaba yo y me resultaba raro que no hubiera hablado de coser. Pero cuando escuché su sonrisa por teléfono aquel día, lo entendí todo.
Me di cuenta que su reacción no ocultaba su capacidad, sino que la minusvaloraba, la tomaba como un tema poco transcendente. Entonces me pregunté cuantas veces había hablado yo de costura y cuantas veces había visto algo relacionado con su práctica.
Entonces pensé que la cosa no era tan fácil. Que no sólo, como yo creía antes:
En esta sociedad la capacidad de coser está desvalorizada, gracias a una tendencia a despreciar maneras de autosuficiencia que rompan con la dinámica de producción.
Sino que tampoco:
Hay canales de comunicación para la sociabilización de dicha capacidad. Y encima los pocos que existen, en general, están dedicados a ridiculizarla.
Con esto quiero decir que hay cosas que permanecen sin ser habladas, que no adquieren valores positivos porque simplemente permanecen silenciadas.
El contraste más recurrido como ejemplo contrario, pudiera ser el futbol, que aunque no te guste te ves obligado a escucharlo, pero los ejemplos son miles y no siempre tan obvios. Pero por no ser obvio en este caso he elegido la música.
Hemos sido educados con unos valores que otorgan mayor importancia a unas capacidades que a otras. Y dicha clasificación no solo ordena nuestros pensamientos a partir de una ideología, sino que marca aquello que puede ser hablado y lo que debe permanecer oculto.
Nadie podrá dudar de lo importante que puede ser coser para poder gastar menos o para ganarse la vida, pero como gastar ya no es el problema la capacidad se ve relegada y no se abren espacios para su sociabilización o debate (ni siquiera en ámbitos de la autonomía).
La conclusión de la paradoja pudiera ser que Juan es un tipo poco normal y mejor que se dedicara profesionalmente a coser o a otra cosa con su tiempo o por lo menos que dejara de hablar de ello.
Pero Juan, por suerte tenía otras capacidades para hacerse valorar que no estaban tan mal vistas socialmente: toca en un grupo de música, es gracioso y es un buen chico…
De hecho Juan habla constantemente de la música cuando está en ámbitos poco conocidos para él. Supongo que resulta fácil hablar sobre ello, porque un montón de gente ha tenido la ilusión de montar un grupo. Y además, porque siempre acabamos en algún concierto de un grupo porque nos lo ha recomendado no se quien.
Pero a decir verdad, yo he aprendido más de la capacidad de coser de Juan, que de su capacidad de tocar instrumentos. Él me enseñó cuando compartíamos piso, y gracias a ello, he dejado de gastar tanta ropa.
Tocar la guitarra, y coser, son capacidades que lleva su tiempo para aprender y requieren de un esfuerzo personal.
Se diferencian en que tocar la guitarra en un grupo es valorado públicamente como positivo, por lo menos en ciertos ambientes y para ciertas relaciones, y coser en generar está relegado al anonimato.
Es curioso, que en el mundo de la música, se establece una competencia increíble para darse a conocer y surgen grupos cada dos segundos. Se enfrentan, en él, dos realidades incompatibles. Por una parte una cantidad enorme de personas que han sido sociabilizadas en un ideal del músico que vive de la música y por otra un mercado despersonalizado que solo busca rentabilidad.
En la costura quizás pase un proceso contrario. Una práctica que es poco valorada en la vida cotidiana, es vista de manera positiva para dedicarse a ella a nivel laboral.
Pero lo que me interesa aquí, no es plantear un debate, sino señalar que a la hora de valorar capacidades no solemos otorgar valor a su función más práctica (valor de uso), sino a su función social (valor de cambio) llena de connotaciones ideológicas.
Coser es una práctica que hemos olvidado, que permanece oculta como la sombra en la noche. Sino preguntaros: ¿Cuánta gente joven sabe coser? Pero el olvido no es fortuito. Nos han educado con unos valores de irresponsabilidad enormes (incapaces de hacernos nuestra ropa, incapaces de cultivar comida, incapaces de gestionar nuestros sentimientos…) que permiten comercializar las prácticas en desuso y abocan a su consumo a través de relaciones capitalistas.
Partir de nuestras capacidades/incapacidades actuales, pensarlas y reflexionarlas nos puede ayudar mucho a la hora de plantearnos como cuestionar el sistema social imperante y como afrontar una lucha colectiva que nos permita liberarnos de las trabas que se nos impone.
Y yo ahora, a estas alturas me pregunto, si es sólo el capital quien condena la capacidad de coser de Juan al ostracismo o también nuestra forma de relacionarnos y de valorar las cosas.
O mejor dicho, y dando un salto al vacío: ¿Cómo hacemos para qué partiendo de nuestras contradicciones, podamos formar espacios de debate sobre lo que valoramos? y ¿A qué se debe dicha valoración?
Sí es cierto, que hemos sido educados como irresponsables que no saben ni coserse un botón y para ello tenemos que usar a la familia o pagar dinero. ¿Por qué no comenzamos a valorar las capacidades que todas tenemos como herramientas subversivas que cuestionen la mercantilización de nuestras vidas?
Nada mejor que partir de la vida, para aprender de ella…
Esto que no acaba de ser un ejemplo un poco simple se reproduce constantemente en nuestras vidas y no sólo a través de situaciones tan evidentes, sino también a través de procesos menos visibles y menos obvios.
Arriba l@s costurer@s del mundo, Aunque aquí seamos poc@s, somos resistentes.
En próximos capítulos: Sobre la cultura popular de la abuela y nuestro empeño en perderla.
Publicado por otromadrid.org | 16/01/08 - 00:58 | 0 Comentarios
Licencia de Creative Commons
.> Resistencias Urbanas