Pedro Casas
El
crecimiento económico experimentado en nuestro país (o para ser más
exactos, el crecimiento experimentado por empresas con sede social en
España) en los últimos años se ha producido de forma muy desigual, como
el capitalismo acostumbra; pues mientras algunas de esas empresas han
acumulado en proporciones no conocidas anteriormente, muchas capas
sociales se enfrentan a dificultades cada vez mayores, como es el caso
del acceso a la vivienda, o la precariedad laboral que sufren los
jóvenes, los inmigrantes, etc. Pero no es menos cierto que ha aumentado
la población con capacidad inversora en bolsa o inmuebles, configurando
un capitalismo cada vez más “popular”.
Este crecimiento económico ha conllevado también un fenómeno inmigratorio, desconocido en nuestro país 10 años atrás, siendo estos nuevos trabajadores (sin derechos sociales muchos de ellos, ni políticos la mayoría), los que conforman la nueva clase obrera extra-explotada, cual nuevo esclavismo moderno. Ocupan los puestos de peor calidad laboral, tanto en salarios como en seguridad y precariedad, mientras que los trabajadores autóctonos (que son los que pueden votar), se quedan, generalmente, con los puestos de más alto social, mayoritariamente en los servicios.
La clase obrera que luchó y se organizó por conquistas sociales y contra el franquismo en los 60 y 70 ha experimentado un cambio notable, acentuado por la desindustrialización promovida por el PSOE en los años 80, y el desmantelamiento de las grandes empresas industriales y de algunos servicios. Y esto también se refleja en la nueva composición social de unos pueblos y barrios, habitados por antiguos obreros industriales convertidos ahora en parados y jubilados, en los que tiene cierta influencia el discurso xenófobo y cínico de la derecha LePenista española, como ocurre en otras latitudes europeas.
El creciente bipartidismo político viene a ser un rasgo evidente de esta evolución en nuestro país, lo que no resulta muy esperanzador para quienes queremos un cambio de sociedad en dirección contraria. Pero resulta aún más desalentador el hecho de que el electorado, (que en sí mismo es una categoría conservadora, que lo que busca en la estabilidad del sistema), se incline por el partido más a la derecha, de la extrema derecha ultra-liberal, en aquellas zonas en las que presenta su faceta más descarada y corrupta, como ha ocurrido en Madrid, Comunidad Valenciana y Murcia. Esta ostentación de dinero, inversiones, corruptelas y privatizaciones, sin límite alguno, parece concitar el apoyo de nuevos sectores de población, que pueden sentirse atraídos por el becerro de oro (sea cual sea su procedencia), y deseosos de participar de las migajas de esta orgía especulativa.
La ley electoral
Es obvio que en España tenemos, además, una ley que favorece
descaradamente el bipartidismo, aunque no tanto como en otros países, y
está bien que la sociedad sea consciente de lo injusto que resulta el
actual sistema electoral, pero no por culpa del Sr. D’Hont, (al que
todavía siguen culpando algunos), sino por el desigual reparto de las
circunscripciones provinciales, lo que es un invento no de la ley, sino
de la propia Constitución de 1978. Y sin olvidar el Senado, que solemos
ignorar por su casi nula utilidad, y al que se accede por un sistema
mayoritario puro. Pero esto no es nuevo, y por eso resulta un tanto
patético que ahora un partido se lamente de lo que lleva sufriendo
desde 1977, y que para denunciar la ley compare sus resultados con los
de fuerzas nacionalistas (que no son las que se benefician de la
misma), en lugar de hacerlo con el PSOE y PP que son los auténticos
“ladrones” de sus escaños y beneficiarios máximos del sistema.
En cualquier caso es necesario que, aunque algo tarde, se reclamen
cambios de la normativa electoral en un sentido de mayor
proporcionalidad, porque ya se escuchan voces desde la derecha que lo
que quieren es todo lo contrario, un sistema mayoritario más o menos
puro, con la reducción de las circunscripciones, como por ejemplo
pretenden en Madrid.
En estas circunstancias, ¿tiene espacio y futuro una fuerza de izquierdas transformadora?
Mi opinión es que sí, siempre y cuando se tenga bien claro cuál es su
papel, su verdadera “utilidad” desde la perspectiva transformadora y
defensora de los intereses de la clase obrera y sectores populares.
Para que pueda conseguir cierto apoyo electoral de la población, la
fuerza que se presenta tiene que ser capaz de presentar un perfil
propio, un programa realmente diferente, un modelo de sociedad
radicalmente nuevo; pues de lo contrario, no sólo no ilusiona, sino que
convierte en “realmente inútil” el apoyo que reciba. Si todo el
programa electoral se reduce a conseguir un ministerio, como Llamazares
ha clamado en la última campaña, bastaría con meterse en alguna
corriente de izquierdas del partido mayoritario; es el camino recorrido
en las últimas décadas por los “realistas” de Carrillo, los de Curiel,
los de Nueva Izquierda, etc., con el resultado por todos conocido. Si
sólo se pretende ser un poquito más, si de lo que se trata es de
gestionar las miserias del capitalismo, no es necesaria la existencia
de un partido diferente.
En los años 90 se criticó duramente a Anguita, tanto dentro como fuera de su partido. Pero con su presunto “mesianismo”, y su “falta de realismo” consiguió unos resultados “realmente” mejores, el triple, que los obtenidos por los actuales defensores del realismo y el posibilismo. Incluso el PCE, en solitario, obtuvo los mejores resultados, en porcentaje y escaños, conseguidos por un partido a la izquierda del PSOE desde 1977. No conviene pasar por alto el hecho de que algunos de los partidos comunistas que no quisieron maquillar su programa en los años 70, son hoy los que mantienen unos porcentajes de voto mejores entre la izquierda alternativa.
El final de IU
En alguna ocasión he mantenido que IU no tiene arreglo, y seguramente
ahora menos que nunca. Porque las familias, más que corrientes, que lo
han venido mangoneando en los últimos tiempos, no la han respetado,
tratando de situarse cada cual en los mejores lugares para medro
personal. Me estoy refiriendo a las cabezas visibles de la coalición,
no a los militantes que han continuado con su trabajo, a pesar de sus
líderes. IU ha reproducido y aumentado todos los vicios que heredó de
un PCE ya en decadencia. Lo que al principio eran corrientes
ideológicas, se convirtieron al poco en grupos o familias de
intereses, en cuya pugna se percibía cómo el que había estado hace
poco con A ahora estaba con B, y mañana con C, sin escrúpulo ninguno.
Cuando no hay debate ideológico, sino simple táctica electoral o duelos
por el poder, difícilmente puede uno saber a qué atenerse, pues los más
listillos, no los más profundos, son los que siempre se llevarán el
gato al agua.
Supongo que la desaparición de IU (y lo digo esto sin ninguna alegría)
vendrá precedida de la última pelea por ver quién se queda con el
patrimonio (con permiso de los acreedores bancarios) y con unas siglas
que todavía aglutinan a 1 millón de votantes. Entre los del PCE, (que
llevan amagando tiempo incluso con abandonar IU) y los que apuestan por
un perfil más verde (como propugnaba Llamazares, con los resultados que
están a la vista), se sitúan los del aparato, capaz de cooptar a unos y
otros, como así ha ocurrido en congresos, asambleas y listas
electorales, y cuya única propuesta es controlar la organización para
mayor gloria de ellos mismos, pues poco confesables son los
comportamientos de algunos de sus representantes públicos. Supongo que
entre los tres darán la puntilla y acabarán con el poco crédito que le
queda a la coalición.
Quizá el PCE se aventure en solitario para recuperar el espacio que
cedió en exclusividad a IU; pero si lo intenta se equivocará,
fundamentalmente porque el PCE ya fue desahuciado por sus propios
dirigentes, renunció a la actividad política (reducida a una fiesta
anual) e incluso a la lucha (en pocas movilizaciones se les ha visto,
como organización, en los últimos años), y no creo en la resurrección
de las personas, y menos de las organizaciones. Lo que sí creo es que
el nuevo proyecto que nazca debe contar con el PCE y su historia de
lucha obrera y anti-franquista en los más diversos sectores. Muchos de
los cientos de miles de votantes del PCE e IU proceden de esa tradición
histórica, y con ella habrá que contar en el futuro. Las diferentes
organizaciones escindidas del PCE a lo largo de su historia deben
reconocer, con modestia, el poco alcance que tuvieron sus andanzas.
Este reconocimiento de las limitaciones propias y ajenas, debe
llevarnos al convencimiento de que en el nuevo proyecto cabemos muchos,
si no todos; y que no se trata de negociar “cuotas” de poder, pues mal
empezaríamos. No olvidemos que cada país y pueblo tiene su historia, y
el nuestro no es una excepción.
Una nueva fuerza política
Cualquier intento por gestar y dar a luz una fuerza política
anti-capitalista, con capacidad también de representación
institucional, debería tener presente además estos aspectos:
- Debe estar ligada a las luchas pasadas (como se dijo antes) y a las
presentes y futuras, y sus respectivas organizaciones; pero no sólo con
los llamados movimientos sociales, sino, sobre todo, con los
movimientos con mayor capacidad de transformar realmente las
estructuras de esta sociedad, y entre ellos, en lugar destacado, el
movimiento obrero, y a continuación otros movimientos con base
territorial (como el vecinal) o sectorial (como el estudiantil) etc. Y
tendrá que ser capaz de incorporar y defender a los trabajadores
inmigrantes, aunque no voten, haciendo realidad lo que se corea en
manifestaciones “nativa o extranjera, la misma clase obrera”, pues la
transformación de la sociedad se hará en la calle, no en las urnas. Sin
una base social fuerte y combativa, las aventuras en pro de una nueva
fuerza de izquierdas no son más que meras fantasías románticas, y las
tremendas injusticias del mundo actual no se merecen pérdidas de tiempo
ni de energías.
- La fuerza, partido o coalición que sea capaz de recoger el testigo que deja IU, tendrá que tener un perfil ideológico claro, que yo lo situaría en el anti-capitalismo, en el radicalismo democrático (con una apuesta por la transformación de la estructura política, republicana, que dé satisfacción a las reivindicaciones territoriales), y que, sobre todo, tenga claro lo que pinta en un país convertido en potencia imperialista mundial. Esta fuerza debe aspirar a ser mayoritaria, a gobernar, pero no para gestionar el capitalismo, sino para acabar con él, porque su apuesta es por la revolución, así como suena. Aunque las perspectivas de gobernar no parecen ser a corto plazo, no por ello no debe tener un claro programa de gobierno, que debe ser su guía en todas las circunstancias y lugares, porque además, no lo olvidemos, el capitalismo está sustentado sobre pilares de barro, y sus periódicas crisis pueden desembocar en situaciones de emergencia, como la ocurrida en Argentina hace pocos años, y para tales situaciones debemos estar preparados. Aunque no gobierne, debe constituir un freno a las políticas neoliberales, pues sin esta resistencia, el capitalismo puede ser más salvaje aún, como lo estamos padeciendo a diario.
- Debe tener una posición clara ante las instituciones, Participar en ellas no es un fin, sino un medio de difusión de las ideas para llegar a más gente, para defender los intereses populares, y, en momentos puntuales, para gestionar parcelas de poder (el caso municipal, del que tenemos ejemplos para aprender y para aborrecer) siempre y cuando permitan realmente ejercer una política social coherente, que sirva de ejemplo del programa de gobierno y la ideología que lo sustenta.
- Tendrá que ser plural, ya que es plural la composición de grupos y
organizaciones que luchan juntos en los últimos años por
transformaciones de las estructuras. Un amplio consenso sobre los
programas, sobre el funcionamiento, sobre las reglas de juego internas,
pueden hacer viable un proyecto, al menos para unos cuantos años.
-
Y tendrá que ser radical en los métodos organizativos y de relación con
la sociedad. Si el mensaje de un partido transformador se reduce a la
cara del candidato o a una frase ingeniosa, mal vamos. No podemos jugar
en el terreno del capital, ni con sus propias reglas de juego, porque
así nos ganarán por más diferencia todavía. Tendremos que construir
nuestras formas de hacer política, de participación y de comunicación,
capaces de disputar la hegemonía al poder, pero no en su terreno
contaminado por el dinero, sino en el que seamos capaces construir.
Para hacer lo mismo que los defensores del sistema, no hace falta crear
nada nuevo. Y si nos limitamos a usar sus medios (sus grandes medios de
comunicación), haremos el ridículo más estrepitoso.
- Si de verdad queremos transformar la sociedad, una de las tareas
prioritarias de esta nueva fuerza, y las organizaciones que la apoyen,
es frenar la expansión absoluta de la ideología consumista y
neo-liberal entre las clases populares. Sólo una mayoría de personas
dispuestas a construir una nueva sociedad solidaria y justa, hará
posible que se pueda realizar, salvando los obstáculos que el poder
económico colocará en el camino. Esta batalla ideológica la tenemos hoy
más perdida que la electoral, que ya es decir. Y si no nos ponemos
manos a la obra, de poco servirá el resto de lo que hagamos. Esta tarea
requiere de mucho esfuerzo e imaginación, para poder contrarrestar los
poderosos medios de comunicación en manos del capital. Habrá que volver
a salir a la calle a repartir hojas informativas, boletines de barrio,
de empresa, y conseguir que lleguen a los centros de trabajo y a los
últimos rincones. No pensemos que basta con manejar Internet; la
mayoría de la base social de nuestro proyecto escasamente tiene los
medios y el tiempo suficiente para que Internet pueda ser su medio
habitual de comunicación e información.
- El proyecto político que sustenta a la nueva fuerza política se inscribe en un proyecto de referencia mundial, que se hace eco de la explotación humana y natural del planeta; y por eso, en la medida de que los mayores perjudicados de esta explotación están fuera de nuestras fronteras, y que en los países avanzados nos beneficiamos en alguna medida de esta explotación, este proyecto encontrará rechazos entre sectores insolidarios del primer mundo, como ocurrirá por ejemplo si reclamamos un descenso en los niveles de consumo, en particular el energético. Debemos ser conscientes de ello, y por eso no desesperarnos por el hecho de no alcanzar unos determinados niveles de voto. Lo contrario es lo que debería hacernos reflexionar, sin que signifique esto una apología de la marginalidad permanente.
Todo esto lleva mucho tiempo; los atajos no sirven. Quien pretenda resultados urgentes, no sirve para este proyecto. Hay que reconstruir las organizaciones sindicales combativas, y fortalecer otras en diferentes ámbitos de la lucha; sin una base social amplia y fuerte, cualquier fuerza política carecerá de base real. Sólo trabajando, sembrando, sin saber si seremos nosotros o los que vengan detrás los que recojan, se podrá conseguir un resultado provechoso.
LQSomos. Pedro Casas. Abril 2008
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