La apología de la ignorancia
El miedo domina el mundo. Este hecho es evidenciado desde los frentes
críticos desde hace ya tiempo. Y sin embargo, nos asusta
comprobar que desde éstos mismos, se potencia la ignorancia de
la que nace ese sentimiento. Observamos con asco el nihilismo que
impera entre nuestras filas. La pasiva negación de lo que nos
han enseñado a odiar. Primero dejas la coca-cola porque es
símbolo del capitalismo; después la carne porque has
leído acerca de su incompatibilidad con el antiautoritarismo;
estás decididamente contra las farmacéuticas y por la
antipsiquiatría; y por supuesto niegas la ciencia y el progreso.
Todo esto es muy loable, pero en realidad no te has parado a pensar las
razones, tus propios motivos. En las charlas, los argumentos,
infinitamente repetidos, no dejan hueco a la duda, a la crítica
de la crítica. Las consignas llenan el vacío de cerebros
que han sido instruidos para odiar y reprobar todo lo que viene de los
malos: los ricos, los poderosos, los políticos, los empresarios,
los científicos, los periodistas, los profesores...Las camisetas
se llenan de parches contra el trabajo y chapas contra las
cárceles; y a las preguntas de “gente que no es del
rollo” las explicaciones brotan limpias y brillantes, seguras y
dictadas. En muchas ocasiones escuchamos propaganda
antitransgénicos, lo peligrosas que son las antenas y lo
autoritaria que es la educación. Por una parte, la derecha
conservadora se opone al avance por su pútrida moral
católica; por otra, la izquierda paternalista llama a la
prudencia pretendiendo protegernos de una verdad que no estamos
preparados para encajar. Pero a nosotros nos preocupa la ignorancia que
hay detrás del antagonismo indiscriminado. Creemos necesario
analizar cuál es la idea central del lo que criticamos,
qué es lo que en realidad consideramos injusto, qué es lo
que nos quema exactamente. Así podremos rechazarlo de una manera
justificada (de cara a otros, pero sobretodo de cara a nuestro propio
discurso) para poder darle dirección a las alternativas que
nazcan después de la crítica, buscando así las
vías que nos ayudarán a construir lo que hasta ahora
sólo soñamos. Con cabeza.
Si nos fijamos en la psiquiatría, por ejemplo, es preciso saber
si lo que nos rompe las entrañas es cómo tratan a las
personas, la medicación indiscriminada y normalizadora, la
clasificación arbitraria, o todo ello a la vez, y por qué
(para lo que hace falta informarse y aprender- no sólo de
fuentes críticas o afines-) y así poder buscar una forma
solidaria y efectiva de responder ante este problema. Lo mismo ocurre
con los transgénicos: si lo que nos preocupa son las
consecuencias biológicas, nuestra crítica y nuestras
propuestas serán diferentes que si lo que tememos son las
consecuencias sociopolíticas derivadas. Creemos que el
“no” indiscriminado y sin argumentos se basa en la
ignorancia, es más cómodo y contrario a la radicalidad de
la que presumimos. Es como si aceptáramos un pack de cosas que
odiar por ser anarquistas.
Un poco de humildad nos ayudaría a ver que otros muchos, de
orientaciones y épocas muy distantes a las nuestras, han hablado
de cosas como la libertad, la educación, la ciencia, la
ética, la justicia…y leer sus teorías pueden
ayudarnos a mejorar nuestras críticas y organizar nuestro
pensamiento, ya sea absorbiendo algo de ellas o analizando qué
es lo que realmente criticamos de las mismas. Informarse y profundizar
en la crítica exige más esfuerzo que negarlo todo, pero
lo creemos necesario (y si te lo curras con propósito firme,
también es interesante y divertido) si queremos abrir una grieta
real.
Cuando la negación se convierte en fin y las alternativas no existen
Viendo la conquista de la negación y la crítica de todos
los sistemas que vienen del poder, así como sus derivados, no
vemos sin embargo una respuesta positiva que sirva de alternativa a lo
que nos brindan desde arriba. Explicándolo mejor, siendo
anarquistas es muy fácil y rápido hacer una
crítica a un determinado ámbito que nos sea impuesto
desde los poderes, así como abandonar sus prácticas (esto
último puede exigir más esfuerzo), precisamente porque en
las sociedades donde vivimos todo se nos es impuesto desde arriba:
desde la medicina a la arquitectura, desde las costumbres a la manera
de organizarnos.
En un primer momento, los movimientos que renieguen de estas maneras de
hacer las cosas (en el caso del anarquismo nos encontramos con una
crítica a la base, por lo que todos sus subproductos entran
dentro del saco de lo que querríamos eliminar) deben abandonar
esas prácticas. El problema viene cuando se debe hacer el
trabajo más difícil y que requiere mayor esfuerzo:
plantear las alternativas correspondientes a cada uno de los
ámbitos antes criticados, negados y finalmente destruidos o
abandonados. En este último y más importante paso la
mayoría nos caemos, y aceptamos la mitad del camino como si
fuese todo el trayecto a realizar, a la espera de que algún
nuevo especialista o genio nos ilumine; o a la espera de la eterna
nueva generación que cambie la dirección de nuestra
inercia. Pero esto no sucede, y vemos que sin embargo las negaciones
que constituían el primer paso, al no encontrar camino por el
que seguir, se empiezan a creer a sí mismas como el propio fin
al que se aspiraba, olvidando las metas, como si en la memoria ya no
cupiesen más maneras de decir no al Estado y a sus formas. El
medio sustituye de nuevo al fin.
Así, vemos como las críticas y las negaciones se
convierten en soluciones definitivas, que en realidad nos ponen en una
gran desventaja frente a nuestros enemigos. Renegaremos, de este modo,
de la medicina, pero no ofreceremos alternativa y nos moriremos con
enfermedades que ésta podría curar; abandonaremos los
transgénicos, pero no sabremos cómo mejorar la
autogestión de nuestra alimentación; renegaremos de la
ciencia, sin auto-educarnos de una manera al menos tan potente como los
científicos hacen; renegaremos de la escuela y la universidad,
abandonando los puntos de vista que no nos gustan sin haber aprendido
nada y sin crear espacios que las suplan; renegaremos de la
psicología sin absorber de ella conocimientos que nos
podrían (o no) servir; y así un largo etcétera.
Dejemos de estar orgullosos de sobrevivir, lo queremos todo significa
que no nos contentamos con las migajas o con las basuras del sistema
que odiamos. Si hacemos críticas, planteemos soluciones
prácticas y reales al mismo tiempo.
http://www.otromadrid.org/articulo/5937/nihilismo-revolucion/